Visita a Finkana

Tu tía Krystel tomó recientemente unas vacaciones que la trajeron de vuelta a su país: Colombia, después de un par de años sin venir.  Después de pasar unos días en Barranquilla, donde visitó a su mamá (Ya he mencionado lo postmoderno de nuestro árbol genealógico) y a tus tías Inghe y Kathy, nos dijo que vendría a visitarnos el pasado fin de semana.  Así, coordinamos una agenda que incluía una cena en un restaurante con amigos y familiares, y una visita al parque temático “Panaca Sabana”.

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Pero a veces las cosas no salen como uno las planea: Tu tía tuvo unas ligeras complicaciones que la obligaron a quedarse en Barranquilla por unos días más, lo cual nos obligó a postergar los planes con ella.  Sin embargo, yo ya había “alborotado el avispero[1]” con mis amigos Santiago y Hugo, que se habían entusiasmado por la idea de llevar a Mateo y a Victoria a este sitio; así que con tu mamá decidimos proseguir según lo planeado…  Ya nos inventaremos otro plan para hacer con tu tía.

El sábado estuve jugando rol con mi grupo de Bupenpfield, y debido a un ligero problema de comunicación con tu mamá, ella decidió quedarse contigo donde tus nonos, así que para cuando mis amigos me preguntaron por la logística del plan, yo no tenía la menor idea.  Con un par de mensajes de texto a medianoche nos pusimos de acuerdo, y ustedes llegaron a bañarse y arreglarse a eso de las 8 de la mañana, cuando Santiago y Arlette habían quedado de llegar con Mateo a las 9.

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…y, lastimosamente, sin este tipo de ayuda.

Al final, milagrosamente, estuvimos listos prácticamente en el mismo momento en que ellos llegaron, y pudimos salir más o menos al tiempo.  Y si bien hubo algunos retrasos por el camino, logramos llegar sobre las 11 de la mañana a Finkana.

¿Finkana?

Por el camino nos fuimos enterando que la franquicia de la marca “Panaca” que había dado lugar a “Panaca Sabana” había sido revocada por problemas entre las partes, y que el sitio al final había cambiado tanto de dueños como de nombre.  Hoy en día, con las mismas instalaciones, tiene el nombre de “Finkana”.

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Llegamos a la taquilla y pagamos las entradas de todos los adultos, y Arlette tuvo la gran idea de comprar una tiquetera adicional que nos permitía realizar diferentes actividades dentro del parque (Ingresar a algunas partes, o darle de comer a los animales).  Ingresamos al parque y de inmediato tú te emocionaste al ver a los caballos trotando a pocos metros de nosotros.

Sin entender todavía mucho de la mecánica del sitio, nos acercamos a un corral donde reposaba un grupo de llamas que te interesaron, y después las rodeamos para visitar a unas ovejas que estaban justo detrás de ellas.  Tú estabas bastante interesado, y repetías “Bee, bee” cada vez que te las mencionaban, pero fue cuando tu padrino trajo comida para darles que ellas se acercaron interesadas y el contacto real con los animales comenzó.

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Al rato nos metimos en un corralito en el que reposaban unos conejitos, al que se podía acceder a cambio de un tiquete.  Con nosotros entraron Santiago y Mateo, y después Alexandra y Victoria.  Me sorprendió en ese momento la cantidad de niños que había, todos corriendo detrás de los conejos, alzándolos y acariciándolos, pero sobre todo molestándolos.  No te niego que me sentí un poco mal por los animalitos, teniendo que aguantar ese acoso todo el día.

Y aunque Mateo estuvo consintiendo a un par de conejitos, tú perdiste el interés rápidamente, así que salimos de allí después de un rato y pasamos a un sitio que claramente te llamaba mucho más la atención: El corral de las gallinas.  Allí, Mateo y tú comenzaron a caminar por todos lados (Mateo solo, con su papá pendiente a pocos pasos; tú tomado de mi mano), emocionados con las gallinas y los huevos, moviéndose entre ellas con todo el entusiasmo.

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“Yina, yina”

Estuvimos ahí un buen rato, y nos pasamos al corral de enfrente, en el que había un pequeño laguito con un grupo de patos, y en el que al fondo se sentaba un gran grupo de gansos.  Tú entraste emocionado por el agua y los “cua-cua”, mientras Mateo y Santiago se internaban a explorar un poco más el sitio.  Entonces, un par de gansos machos con actitud un poco agresiva se lanzó contra ellos y decidimos no quedarnos allí por mucho tiempo.

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Eso sí, alcanzamos a tomarnos un par de fotos…

Caminamos entonces hacia unos corrales en los que había un grupo de ponies y de burritos que descansaban en sus respectivas casas.  Consentimos a algunos, y algunos trataron de mordernos.  Tú, como siempre, estuviste más bien cauteloso, mientras Mateo seguía jugando con todos los animales.

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De allí nos fuimos a comer algo, y fue entonces que nos dimos cuenta de lo sólo que estaba el lugar: De todos los locales provistos para surtir de comida a los visitantes, sólo tres estaban habilitados, y toda el área de comidas se veía bastante sola.  Tu mamá averigüó algo al respecto, y se enteró que efectivamente la afluencia no es tanta como habríamos esperado…  Cuando me lo comentó, empecé a pensar en cual sería la sostenibilidad del lugar.

Después de comer un poco nos fuimos a visitar a los perros, que en su mayor parte han sido rescatados de diferentes sitios y que -como los otros animales del lugar -son bastante tolerantes con los niños, si bien tienen la manía de salir corriendo como locos cuando les abren la reja (En una de esas casi se llevan por delante a tu padrino).  Entramos a su corral y estuvimos con ellos un rato, y aunque te emocionaste muchísimo en un principio, supongo que es un poco diferente ver a un animal a lo lejos que tener a un ser más grande que tú a sólo centímetros de tí.

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Eso sí, te divertiste mucho golpeando la pancarta como un tambor

En la zona de los perros nos quedamos un buen rato: Arlette se quitó los zapatos junto con Mateo y caminaron descalzos sobre la hierba, mientras Hugo y Álex compartían un rato con Victoria, y tú con tu mamá y conmigo.  Nos tomamos fotos, jugamos un rato y reposamos la comida, para continuar en la zona de los caballos.

Había caballos de todas las razas y todos los tamaños, y como acababan de hacer una presentación, algunos de ellos estaban adornados con trenzas bastante intrincadas que los hacían ver aún más hermosos.  Algunos de ellos eran muy mansitos, pero al menos uno logró propinarle un buen susto a Álex.  Al lado de las caballerizas, había una rotonda en donde había un grupo de burritos en los que pudimos montarte:

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Aquí de nuevo me dió un poco de pesar con los pobres animales, dando vueltas todo el día para la diversión de los visitantes.  Era claro que la burrita que tu estabas montando no tenía muchas ganas de continuar, y constantemente se resistía a seguir caminando, hasta que era halada por la rienda, atada al torniquete central.  Álex notó asimismo que el cuidador tenía una fusta en su mano, y supongo que se hizo los mismos cuestionamientos que yo.

Para cuando salimos, Hugo, Álex y Arlette estaban a un lado de la rotonda, junto a un ave de raza indeterminada que los empleados del sitio llamaban “Echeverría”, que se paseaba oronda por todo el parque sin prestar demasiada atención a los que se le acercaban, pero que se podía poner un poco agresiva cuando se adentraban mucho en su espacio personal.

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De allí nos fuimos a los corrales, donde viste de cerca a un grupo de curíes y te metiste en el corral de unas cabritas que te llegaban a la altura del pecho.  Vimos también otras ovejas y unos marranitos, entre otros animales.  Allí, la cuidadora de las cabritas nos invitó a ir a ordeñar a una de las vacas para traerles leche, y aunque yo no me animé a hacerlo, tu padrino se fué muy decidido y se puso en la tarea de ordeñar a la vaca, cosa que nunca antes había hecho.

Y mientras estaba en la tarea (La que logró bastante bien), Mateo y tú estaban bastante emocionados con la vaca, que volteaba a mirarnos de vez en cuando.  Tú repetías el mugido de la vaca, mientras Arlette comentaba lo jarto que debe ser para la pobre vaca que todo el mundo (Con diferente nivel de experiencia, fuerza y hasta de delicadeza) venga a ordeñarla.  Al final, tu padrino lo hizo muy bien, y en muy poco tiempo ya tenía lo suficiente para llenar el tetero para darle a las cabritas.

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¡Y vaya que comieron! Se venían en manada, con todo el ímpetu, para tomar un poco.  Mateo estaba muerto de la risa, pero tú te alcanzaste a estresar un poco al tener a tantos animales a tu alrededor -Y con razón, porque me tocó sostenerte para que no te tumbaran.

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…y eso no te gustó ni cinco.

Salimos de allí, y tú te emocionaste con un carruaje que había en la mitad de los corrales, gritando “¡Pupú, pupú!” (Que es como le dices a prácticamente cualquier vehículo de más de dos ruedas).  Subiste allí con tu mamá y te tomaste unas fotos, y al poco rato estábamos todos allí montados, jugando dentro del “Pupú”.

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Para esa hora ya estábamos un poco cansados, así que comenzamos a prepararnos para salir: Hicimos algunas compras para llevar por el camino y uno a uno nos encaminamos a la puerta de entrada.  Allí nos despedimos y cada familia en su propio auto comenzó el largo camino a casa.

Al final del día, me siento bastante satisfecho de haberte llevado: A pesar de tus reservas, tu emoción al ver a los animales e interactuar con ellos no tiene precio.  Creo que todos los niños de tu edad deberían tener algún contacto con la naturaleza, y al vivir en una ciudad como Bogotá, debo reconocer que la oferta para nosotros es limitada.  Afortunadamente, existen opciones como esta que te permiten interactuar con los animales en un entorno relativamente controlado y seguro.

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Tanto como para dejarte sólo encima de este caballo

Ahora, que no puedo negar que una parte de mí se sintió un poco mal con los pobres animales, que toleraban mansamente todos los avances de los niños…  Que si bien no eran maliciosos (Dentro de lo que ví), a veces sí podían ser un poco excesivos.  Y con mucha gente visitando el sitio con regularidad, no sé si para sus adentros sientan angustia (O hasta terror) cada vez que se acerca el fin de semana.

Al final del día, me parece que el sitio cumple una función bastante importante, como es la de conectarnos un poco con esos seres vivos de los que tanto dependemos y que desde la ciudad casi ni vemos (Más que en tus incontables libros de “La granja”), y por tanto -a pesar de mi simpatía con los animales -me entristece verlo tan vacío, especialmente porque sé que un negocio así no es sostenible sin una buena afluencia de visitantes.

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Eso claramente no es una “Cola” [2].

No sé si será la lejanía, el estado de la carretera (Que es pésimo) o el costo de las entradas.  A este respecto, a pesar que el precio no me pareció tan caro en relación con otros parques, Arlette nos contó que existe una oferta similar más cerca de Bogotá y a una fracción de lo que pagamos.  Supongo que también falta un poco de mercadeo del sitio, que informe de su existencia y de su nuevo nombre, que hable de su oferta (Tienen fiestas infantiles, por ejemplo) y que asegure un tráfico estable que permita su sostenibilidad.

Pero eso es un tema que compete a los dueños del lugar.  Yo sólo espero aportar con un granito de arena con este artículo.

Te quiere,

Papá

[1] Dícese de crear expectativa sobre algo.

[2] “Fila”, para los no colombianos.

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2 comentarios en “Visita a Finkana

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