Sueños Perdidos, parte 1

En la carta de ayer te mencionaba un taller en el que participé en la oficina.  Un proceso de coaching personal en el que la organización está invirtiendo con el fin de lograr que nos sintamos mejor con respecto a nuestro trabajo, que encontremos sentido a lo que hacemos y que estemos felices haciendo lo que hacemos.

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Dentro del proceso, estuvimos haciendo una regresión a esos sueños que de pronto fuimos dejando atrás en el camino por una u otra razón, para reencontrarnos con ellos.  Nos reencontramos con ese niño interior y analizamos qué quería él de la vida…  Algo que en mi caso particular no fue tan fácil, porque me hizo conciente de cómo esos sueños se fueron quedando por el camino.

Recuerdo que cuando era pequeño quería trabajar con animales, porque me fascinaban.  Sin embargo, tenía claro que la biología no me gustaba mucho que digamos, y que no tengo vocación para las ciencias médicas.  Así, indagando un poco acerca de cómo podía trabajar con animales sin convertirme en biólogo o en veterinario.  Podrás imaginar la sorpresa que tenían las personas mayores cuando le preguntaban a un niño de ocho años qué quería ser cuando fuera grande, y mi respuesta era “zootecnólogo”.

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I’m the biggest nerd ever!!!

Y no fue hasta que leí la letra menuda, el “job description”, que me dí cuenta que la zootecnia no era para mí: Si no era capaz de comerme un mango de azúcar con la mano sin sentir que estaba contaminado, dudo mucho que habría tenido el estómago para hacer las cosas que un zootecnólogo debe hacer.

No encontré una nueva vocación hasta alrededor de los 13 años, cuando me regalaron unas revistas que hablaban de computadores y todo lo que podían hacer (Un campo relativamente nuevo en aquel entonces).  Más o menos por aquella época conocí a Rafael Lleras, quien tenía un flamante “Commodore 64”.

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Este aparato.

Con ayuda del manual y mis revistas, pronto aprendí a programarlo, e incluso desarrollé juegos en él, optimizando sus flamantes 64 KBytes de memoria al máximo.  Fue una experiencia maravillosa que me convirtió de la nada y sin saberlo en un excelente programador de Software, que incluso obtuvo el segundo puesto en la competencia nacional de programación de 1994.

Pero lo que comenzó como una pasión se terminó convirtiendo en una rutina, porque en mi colegio descubrieron mis habilidades y comenzaron a explotarlas, y de pronto me ví tardes y fines de semana “entrenando” para las olimpiadas de programación, perdiendo la posibilidad de estar con mis compañeros y de vivir una adolescencia normal, hasta que me aburrí y decidí mandar todo a la porra: Nunca volví a los entrenamientos.

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Lo cual me valió mi cupo para representar a Colombia en las olimpiadas en Israel.

Para cuando llegué a aquel momento determinante en el que sales del colegio y debes escoger la profesión a la que te dedicarás el resto de tu vida, yo estaba completamente en el limbo: Le había cogido rabia a los computadores, y había decidido que, a pesar de lo que todo el mundo dijera, no iba a estudiar Ingeniería de Sistemas.  En el colegio, los orientadores vocacionales me decían que tenía aptitud para las matemáticas, pero que mi actitud iba más enfocada a la literatura.  Todo clarísimo.

A mí me gustaba mucho el diseño gráfico (Había una parte de mí que quería hacer cómics), pero no confiaba mucho en mis habilidades de dibujo; y viniendo de la generación que creció creyendo que la antropología era viajar por todo el mundo embarcándose en aventuras inimaginables, esta área del conocimiento también despertaba mucho mi atención, pero tenía una voz en mi cabeza que me decía “¿Y de qué vas a vivir?”.

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De profanar tumbas, ¿De qué más?

Por aquella época se puso de moda una carrera que se llamaba “Finanzas y Relaciones Internacionales” que, según mi compañero Gerardo, era la carrera del futuro.  Recuerdo haber querido estudiar eso sin tener la menor idea de lo que se trataba, hasta que tu abuela me restringió las opciones de Universidad, y esto descartó aquella carrera.  Entré a la Universidad de los Andes a un programa para estudiantes con altísimos rendimientos académicos (Por suerte vieron mi examen del ICFES y no mis notas escolares), que me permitía elegir materias como en una lista de mercado, y en un acto quizás de rebeldía busqué hacerme una carrera de Finanzas a partir de retazos de otras carreras: Derecho, Economía y Ciencia Política.

Y, pues, me dí cuenta pronto que el Derecho no era lo mío; y a pesar que me encantó la ciencia política, nuevamente mi cabeza me jugó una mala pasada, preguntándome “¿De qué vas a vivir?”.  Terminé enfocándome hacia la economía, aún a pesar que no me motivaba en absoluto: Faltaba a clases, dormía en las clases, no hacía tareas, no leía…

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Un momento particularmente productivo de mi vida

Por suerte para mí, el pénsum de Economía (Aún no entiendo para qué) incluía la materia de “Introducción a la Programación”.  Una de esas materias que son insufribles para los economistas, pero que para mí fue la primera materia verdaderamente motivante en la Universidad.  Tanto así, que tomé la materia que le seguía, “Taller de Programación”, como electiva, y me dí cuenta que estaba en el lugar equivocado.  No tardé en pasar mis papeles para cambiarme de carrera y continuar en Ingeniería de Sistemas.

La historia aún no termina (Y claramente le falta la moraleja, que es la razón de ser de haberla escrito), pero creo que ya está lo suficientemente larga.  Por ahora, la voy a dejar por aquí y mejor continúo en la siguiente.

Te quiere,

Papá

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