¿Bupenpfield? (Parte 1: Vieja Guardia)

¿Bupenpfield? Te preguntarás después de la última carta…  ¿Qué es Bupenpfield?

Pues bien, Bupenpfield es el nombre de mi grupo de juegos de rol, al menos el que más ha perdurado en el tiempo.  Te contaré…

Para mí, los juegos de rol comenzaron cuando estaba en séptimo, en el colegio José Eustasio Rivera.  Un compañero llevó un libro de Dungeons & Dragons y nos explicó (Muy por encima, y con un tono condescendiente bastante poco agradable) cómo se jugaba.  Tuvimos una sesión en la que no entendí en absoluto cómo eran las reglas, y al final el tema no continuó, pero la semilla quedó sembrada.  Tanto así que en los recreos comenzamos con un amigo a crear laberintos para que el otro los resolviera.

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Sí, algo así

Tuvieron que pasar tres años para que el tema de los juegos de rol volviera a llegar a mis oídos, y en realidad no recuerdo muy bien los pormenores.  Lo que sí recuerdo es haber tenido una charla en un recreo con Ricardo y Nicolás -Quienes entonces eran para mí dos de los tipos más inteligentes del colegio, pero poco más que eso -, y haber coordinado para ir a casa de Ricardo, cerca de ahí, a aprender las reglas.

“Las reglas” resultó ser un librillo relativamente grueso en el que se iban explicando gradualmente las mencionadas reglas, que buscaban simular las posibles interacciones de un personaje con un entorno de fantasía, mientras daban espacio para que tú lo interpretaras.  Dichas reglas eran para entonces bastantes, y muy enrevesadas, pero el librillo (Zanzer’s Dungeon) estaba diseñado para que se aprendieran mientras se jugaba, profundizando en cada una a medida que se requería.

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¡Ah, tiempos aquellos!

Efectivamente, después de aquella primera sesión comenzamos a jugar “en serio”.  Ricardo comenzó dirigiendo y Nicolás y yo creamos personajes (Tres cada uno).  Después de algunas aventuras se nos unieron Jaime, quien había sido la primera persona que yo había conocido en el colegio y con quien ya tenía una cierta amistad; y Javier, quien era mi vecino de puesto, con quien también me la llevaba bastante bien.  Finalmente, en el último año y a partir de un artículo que escribí en el periódico del colegio, se nos unió brevemente Andrés Felipe, quien durante un tiempo fue como la “mascota” del grupo.

Durante esos años de colegio jugamos como locos, primero Dungeons & Dragons, y luego Dungeons & Dragons “Avanzado”, que tenía reglas más complejas y diferentes “mundos” para escoger.  Ricardo, que es un maestro de la teatralidad en lo que a juegos de rol compete, escogió dirigir el juego en el mundo gótico de Ravenloft; mientras que yo -que no soy en absoluto tan buen narrador, pero que me encantan las historias “diferentes” -escogí el mundo apocalíptico de Dark Sun.

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Más adaptado a mi estilo de juego

Tratamos de socializar también con otros grupos, y de conectarnos con la “escena rolera” de Bogotá, pero en general nos encontramos con cosas que no nos gustaron: Directores de juego egocéntricos, empecinados en matar a todos sus jugadores; grupos cerrados que no estaban interesados en compartir y en general un ambiente poco propicio para socializar.  Al final, desistimos de contactar a otros (Aunque tuvimos un intento fallido de monetizar la experiencia) y nos concentramos en nuestro propio grupo, no sin antes participar en un par de torneos de juegos de rol.

En el primero de ellos recuerdo que a nuestro grupo le fue muy bien, básicamente porque había que resolver un acertijo ridículo, al que le atiné por pura casualidad cuando me dió por hacer un chiste estúpido.  En el segundo me sacaron de tajo sin que yo pudiera hacer nada, y sin que hubiera habido ninguna acción de mi parte que lo hubiera justificado.  Había sido una cuestión de puro azar.

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Y yo que estaba tan emocionado

El torneo en cuestión habría sido una pérdida total de tiempo de no haberme encontrado allí con mi primo Nicolás y su mejor amigo Felipe (A quienes mencioné en la carta anterior, y a quienes había conocido ése mismo año), quienes quedaron entusiasmados de que a mí me gustaran los juegos de rol y me invitaron a jugar algún día con ellos.

El resto es historia, pero puedo decir que es una historia que continuará.

Te quiere,

Papá

 

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