“Yo se lo paso”

Nunca he sido particularmente adepto a los videojuegos.  Mi primera consola la tuve porque me la heredó tu tío Mauricio, y creo que a esas alturas yo ya estaba casado con tu mamá.  Generalmente, los juegos que jugué fueron relativamente pocos, y se limitaban a los que jugaba en casa de mis amigos (Diego o Pinzas), y aquellos que se podían jugar en el computador.

Sin embargo, cuando mis papás se casaron y se mudaron a Cedritos, descubrí a 5 cuadras de la casa una tienda (Creo que era una papelería) con una máquina tragamonedas en la que tenían instalado probablemente el videojuego al que más tiempo y dinero le invertí en mi época escolar: Super Mario Bros. 3

Mario Bros
No en vano te tomamos esta foto.

Ahora, esta era una única máquina tragamonedas en una tienda en medio de un centro comercial.  No había otros juegos similares en la cercanía, y sí había mucha demanda.  Muy frecuentemente había que esperar turno para jugar, y de la misma forma, siempre que jugabas tenías al menos un par de personas a tu alrededor, esperando turno y mirando cómo te iba.

Eso le aumentaba un poco de presión al juego, porque no sólo tenías que jugar bien para no perder (Y perder de paso la moneda que le habías metido a la máquina), sino también porque tenías público.  Peor aún, era un público hostil, porque estaban interesados en que perdieras, para hacerte a un lado y tomar tu lugar frente a la consola.

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Hablemos de presión

De hecho, generalmente estaban tan ansiosos de tomar tu lugar que no podían esperar a que perdieras todas tus “vidas” dentro del juego: Apenas perdías una, de inmediato tenías a alguien al lado ofreciéndose a “ayudarte”: “Venga, yo se lo paso”, decían, hablando del nivel en el que estabas en ese momento.

Obviamente, era un ofrecimiento al que generalmente me negaba amablemente.  Igual, nunca fui muy bueno para esos juegos, y de todos modos no duraba mucho, pero finalmente era mi moneda y quería sacarle todo el jugo…  No que algún ventajoso viniera y jugara por mí.  Además, después de esperar por jugar, no vas simplemente a dejarle el turno a alguien más.

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Pensaba en ello ayer mientras aprovechaba mi día de teletrabajo para sacarte un tiempo y darte el tetero.  Tú estabas bastante ansioso y lo cogiste con las dos manos, succionando con fuerza, sin anticipar que la cantidad que saldría iba a ser más de la que ibas a poder manejar en esa pequeña boca tuya.  Al instante, te vino un ataque de tos que tuve que calmar sacándote el tetero, dándote la vuelta para recostarte en mi pecho y dándote palmaditas hasta que te pasó.

Y el problema fue que esto no pasó una, ni dos, sino tres veces; al cabo de las cuales tu nona vino a la habitación y me preguntó “¿Quiere que yo se lo dé?”

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Te quiere,

Papá

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