El Ciervo Blanco

En un reino muy lejano hubo ya hace muchos años un rey  que era aficionado a la cacería: En sus años mozos había sido un gran cazador, y tenía innumerables trofeos -cabezas de animales -colgadas alrededor de su trono.  Sin embargo, había un animal al que nunca había podido capturar: Un hermoso ciervo blanco que habitaba en un bosque no lejos de su reino, y que lo había eludido ya toda su vida.

Aficionado a la caza como era, este rey organizaba todos los años torneos a los que venían los mejores cazadores de todo el mundo, a los que obsequiaba con maravillosos premios a cambio de las mejores presas.  Todos los años había un premio mayor reservado a aquel que le trajera la cabeza del ciervo blanco, y todos los años los cazadores que se habían destacado en las otras competencias se lanzaban a su persecución con los mejores perros, las mejores armas, las mejores trampas y las mejores técnicas de cacería, importadas de los lugares más exóticos de todo el mundo.

Pero por alguna razón el ciervo blanco no aparecía: Eludía las trampas, aventajaba a los perros, desaparecía entre los árboles para no volver a ser visto.  Aún a pesar de su vistoso color, nadie parecía ser capaz de atraparlo: Los cazadores más arrogantes terminaban por rendirse, los cazadores con más técnica agotaban todos sus recursos.  Año tras año, las partidas de caza se adentraban en el bosque para el evento final del torneo, y al final todas regresaban con las manos vacías, sin rastro del tal ciervo blanco.

El premio mayor se fue acumulando con los años, hasta volverse increíblemente atractivo.  Y sin embargo, cada vez aparecían menos cazadores dispuestos a emprender la aventura: Si nadie había cazado aún al ciervo blanco, sería porque tal vez ya habría muerto, o porque quizás nunca existió en primer lugar.  Incluso aquellos que habían asegurado haberlo visto alguna vez comenzaron a dudar de su existencia.  Con el tiempo, la cordura del rey comenzó a ser cuestionada, así como su obsesión con el inexistente Ciervo Blanco.

El tiempo siguió pasando, y la salud del rey continuó empeorando.  Sin embargo, seguía obstinado en demostrarle a todos que el Ciervo Blanco existía en verdad, y en que alguien se lo trajera.  Ya nadie se inscribía a su torneo, al menos no al acto final.  Con la muerte ya pisándole los talones, el rey emitió un edicto entregándole su reino y toda su fortuna -por encima de sus herederos a aquel que le trajera el Ciervo Blanco, vivo o muerto.

Al día siguiente, un joven escuálido, de mejillas sonrosadas, se paseó por el camino central de aquella gran ciudad, acompañado de un hermoso y gigantesco ciervo de color blanco, que caminaba erguido en medio de la gente que, atónita, se había agolpado a lado y lado de la vía.  Con paso despreocupado, el joven llegó hasta el palacio, donde lo dejaron seguir, y lo condujeron hasta el salón del trono.

Al fondo del salón lo esperaba el rey, emocionado (Y a la vez un poco aliviado) de tener enfrente de sí al gran ciervo blanco.

“¿Quién eres?” -Preguntó al joven.

“Mi nombre no es importante, su majestad -respondió el muchacho, bajando la cabeza -, soy solamente uno de sus súbditos, que vive en el bosque al norte de aquí”.

“Y nos puedes decir, ¿Cómo atrapaste a aquel ser que nadie más había podido atrapar?” -Espetó uno de los cazadores del reino, molesto al verse eclipsado por un muchachito insignificante.

“Yo no lo atrapé, señor -respondió el joven con humildad -.  Simplemente le pedí que me acompañara, y el vino conmigo”.

La muchedumbre que había seguido al muchacho al palacio calló por un momento, y luego comenzaron los murmullos y las risitas.  Así como había sucedido antes con el Rey, ahora sucedía con el muchacho: Nadie le creía.

El Rey disolvió los murmullos, y continuó preguntando, un poco malhumorado por la respuesta del joven.

“Y si él te acompaña a donde tú le digas, ¿Por qué no habías venido antes?”

El joven bajó la mirada de nuevo.

“Mi señor, hasta esta vez, usted siempre había pedido a todos que mataran a mi amigo el Ciervo.  Él estaba muy asustado y siempre corría a ocultarse, y yo buscaba la forma de protegerlo de todos aquellos que trataban de darle caza.  Esta vez, sin embargo, usted indicó que podía traerlo vivo, y fue por eso que lo traje.”


La moraleja te la quedo debiendo hasta el momento en que lo leas.  Igual, me gustaría que sacaras tus propias conclusiones.

Te quiere,

Papá

P.D. Hay un libro llamado “El Ciervo Blanco”, que no tiene nada que ver con este cuento.  Ésta es simplemente una historia de ficción que se me ocurrió (Con muchas influencias externas, probablemente), para manifestar un punto.  Sólo eso.

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